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EL APOYO AL TRABAJO POPULAR
La globalización tiende a provocar la desintegración del tejido social en los países periféricos. Es una cuestión de sentido común. Nuestros países compiten en el mundo con actividades vinculadas a los recursos naturales. Quienes aquí participan de esos sectores se integran y crecen. El resto queda relegado y aislado, porque no es necesario ni siquiera como mano de obra para los exitosos. Hay dos líneas de pensamiento dominantes para evitar la centrifugación de países como el nuestro.
La primera es la que hoy se aplica. Se dedican fondos importantes a subsidiar el consumo de los desocupados, que por supuesto deben obtenerse por vía impositiva. Es un salto adelante para marcar un compromiso oficial con los sectores desplazados por la globalización. La debilidad del sistema, sin embargo, tiene dos frentes. Por un lado, la baja productividad media no permite destinar suficientes impuestos a cubrir esta necesidad y es de esperar que el subsidio per cápita sea insuficiente. Desde otro ángulo, directa o indirectamente, también es de esperar que el sistema deteriore la cultura del trabajo.
La segunda concepción postula que inyectando dinero a la economía se aumenta la demanda y ello arrastra a todos los habitantes a una situación mejor. Aumentar el salario mínimo; hacer grandes obras públicas; reactivar con fuerza la construcción de viviendas, son los términos más habituales de la propuesta. Nos parece correcta esta tesis, que encuadra en las recomendaciones básicas para salir de una crisis en la economía capitalista, desde hace más de 70 años. Sin embargo, en el escenario actual tiene un flanco débil. En un plazo corto, más - mucha más - gente puede trabajar. Pero no por ello la economía sería más competitiva. Por lo tanto, podrían aparecer rápidamente problemas, por un aumento de las importaciones.
Tanto es así, que algunos economistas de pensamiento liberal caen en el contrasentido de recomendar evitar la recuperación del consumo popular, para no tener problemas de balanza comercial.
Nuestro criterio, sobre esta fragmentación tan seria, que pone en riesgo el sentido mismo de la sociedad argentina, es que ante todo, no debe haber aproximaciones dogmáticas al tema. Todos los expertos del mundo desarrollado o estudiosos como quienes prepararon el programa Hambre Cero de Brasil, resaltan - con gran sensatez - que la solución a esta cuestión vendrá de una compleja suma de iniciativas, tomadas en paralelo. No hay blanco o negro para resolver el hambre y el desempleo.
Tal vez el aporte más sólido que podamos hacer es afirmar que la solución debe integrarse en una estrategia de aumento de la competitividad del país. En ese marco, el intento no puede limitarse a subsidiar el consumo con dinero - Plan de Jefes y Jefas de Hogar - o subsidiar el consumo con empleos en la construcción o con una mezcla de ambos métodos. Creemos que además de esto, con una importancia relativa creciente en los próximos años, debe apoyarse al trabajo popular por tres vías:
- Diseños eficientes de autoabastecimiento alimenticio. Asegurar el alimento de la familia con su propio trabajo, sin subordinarse al mercado, de manera organizada y con respeto por las condiciones de cada lugar del país.
- Estímulo al aumento del número de unidades pequeñas de producción de bienes básicos para el mercado, con tecnologías adecuadas.
- Creación de un sistema de capacitación de respuesta rápida para mejorar la empleabilidad popular, respondiendo a demandas laborales reales de los sectores productivos.
Por esta vía se puede facilitar que se cumplan dos objetivos complementarios:
1 - Ahuyentar el hambre, como fantasma colectivo.
2 - Introducir la discusión de la eficiencia del trabajo popular, en la misma base social, lo cual es una condición necesaria para aspirar a salir de un horizonte al menos gris.
Ing. Enrique M. Martínez - Presidente del INTI
Año 2003
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